Hay en el mundo del balonmano una vieja querella sobre cuál es la mejor liga del mundo, si Asobal o la Bundesliga. Por títulos europeos, la española arrasa. Por lo demás... pierde y por goleada.
El Lipperlandhalle lleno a reventar es un espectáculo digno de ver. Y de oír. Familias enteras hacen del balonmano un rito en el que, a pesar de toda la tensión, se mantiene la compostura de un pueblo fundamentalmente educado. Palmas a compás, trompetas, tambores, carracas. Pocos cánticos, pero mucho ruido.
Y todo, con un montaje espectacular de principio a fin. Para un equipo acostumbrado a los lujos del Lipperlandhalle, el Palacio debió parecerles una cosa así como de pueblo. Pero al final, todo responde a lo mismo: dinero, dinero y dinero. Y tradición: Lemgo, una ciudad de 40.000 habitantes, llena un estadio de 5.000. Logroño, con sus 160.000, no llena nunca uno de 3.800. Pero no hay que desesperar, porque el TBV Lemgo tiene 100 años de historia, y el CB Ciudad de Logroño sólo 6. Tiempo habrá.
Tiendas y comidas
El dinero es lo principal. Un equipo con cientos de patrocinadores, en el que cada centímetro cuadrado del pabellón está en venta, aprovecha todas las ocasiones para hacer caja. Una hora larga tras el partido los bares del pabellón aún estaban llenos. Eso, sin contar la zona VIP, en la que unas 300 personas comían (y mucho) gratis. Y la tienda de regalos del club estaba llena tres cuartos de hora después del partido.
Venir a Alemania, en fin, sirve para enseñar que a los españoles aún nos faltan años. El Lipperlandhalle es espectáculo puro, y dinero puro. Porque el uno sin el otro da... Asobal.